Powered By Blogger

viernes, 24 de diciembre de 2010

Miedo a lo desconocido (y resurrección del blog)

Casi cuatro meses entre la palabra y el hecho. Me dije a mí mismo que iba a escribir más seguido en el blog pero no pude cumplir mi palabra. Me decepcioné a mí mismo. Y no hay mayor decepción que decepcionarse a uno mismo. Sin embargo aquí estoy de nuevo para tener paz conmigo mismo y desahogar ciertas cosas que debieron haber sido transcritas a los píxeles desde hace tiempo.

Estos cuatro meses de ausencia bloguera han sido los cuatro meses más locos de mi vida, especialmente este diciembre que para bien o para mal ya se va. En estos cuatro meses desde septiembre, que fue mi última entrada, hasta hoy fueron usados básicamente para terminar mis estudios (teóricos) de Psicología. Paso ahora al internado que es la prueba de fuego en la que debo aplicar todo lo aprendido en la carrera. Siendo sinceros mis conocimientos no son ni mucho menos limitados. Sé que puedo defenderme en la jungla profesional con lo que tengo (y lo que no tengo puedo inventarlo), pero tengo miedo. Así es, miedo. Miedo, miedo, miedo, miedo, miedo… lo repito varias veces para asimilar la idea. ¿Por qué un aventurero como yo tendría miedo? (mi consciencia se ríe sarcásticamente). Yo me considero (o me consideraba) alguien sin temor a experimentar cosas nuevas. Me encanta regodearme ante mis compañeros cuando ellos me dicen que no podrían comer algo que podría ser considerado como repugnante, como los gusanos Suri, lagartijas cañanes, masato o algún otro potaje no precisamente nacional. O cuando no se animan a actuar, hablar, cantar ante varias personas o tienen miedo de enfrentarse a las autoridades ahí estoy yo para demostrar que no hay nada del otro mundo. Entonces yo quedo como un capo ante los demás alimentando mi ego.

Nada más que orgullo vacío. La verdad es que soy demasiado vulnerable a los cambios en mi rutina. Cuando debo hacer algo que está fuera de mi statu quo, como la vez que fui a una capacitación, la ansiedad se manifiesta en forma de gotas de sudor en mi frente y en mis axilas (la izquierda más que la derecha) que se deslizan hacia otras partes movidas por la fuerza de gravedad, calor o frío que descomputan mi sistema homeostático y me obligan a aumentar o reducir mi carga de ropa constantemente, y finalmente un temblor característico mío en la pierna izquierda que no puedo detener a menos que aplique presión sobre él. Todas estas y otras taras corporales que aparento no tener ante los demás para proteger mi frágil interior se manifiestan en los momentos de extrema ansiedad que sufro cuando debo romper lo que yo considero “lo que está hecho y debe seguir haciéndose”. Sé que no es lo mismo aventurarse a comer cucarachas cubiertas con chocolate (PS: ¡yomi!) que ir a trabajar por primera vez en tu vida. Algunos dirán que lo primero sería lo más traumático, otros dirán que lo segundo. Yo pertenezco a este grupo.

Me gusta verme como un “open mind” tendiente al caos y que se opone a los establishments del mundo occidental, a las censuras comunistas, a la rigidez burocrática y a muchas otras cosas que limiten la libertad de expresión, de pensamiento o de acto; pero interiormente tengo miedo al cambio y más que al cambio, al caos. Me gusta mantener el orden natural dentro de mi vida haciendo lo posible por ser negentrópico y protegerme de lo desconocido.

Les juro que cuando asimilé la idea de que debía salir del claustro universitario en el cual he permanecido por tres años fue como recibir un balazo en la cabeza o algo similar a eso (ya que nunca me han disparado en la cabeza por lo que no puedo decir cómo se siente eso). Mi primera idea que asoló mi mente fue que al salir al internado, o sea, el mundo humano; todo lo por lo que había luchado por mantener se perdería. Yo quiero ser un niño de mente por siempre. No quiero perder esa actitud infantil mía que me mantiene pegado al televisor viendo Bugs Bunny, Las Pistas de Blue, etc. Podría decir que por querer ser niño también me quedo prendido de series como Dragonball (aunque repita), Naruto y hasta Pokémon. Pero hace rato que el anime dejó de ser sólo para niños (de hecho no estoy seguro de si alguna vez fue sólo para niños). Mi niño interno no debe morir, así lo decidí y así lo quiero; pero ahora ese niño debe enfrentarse al gentío y los desafíos que este impone. Debe sacrificarse para alcanzar la madurez que le permita defenderse de las desavenencias. ¡NO! ¡Yo no quiero dejar morir al niño que he cuidado y he jurado cuidar! ¡No pienso enterrarlo bajo responsabilidades y formalismos como la mayoría de los adultos que conozco! , porque también conozco excepciones. Precisamente esas excepciones son las que me animan a no dejar morir a mi yo niño que sabe apreciar una buena partida de Monopolio y que disfruta de la victoria tras un electrizante duelo de Yu-Gi-Oh! Renuncio a vivir si es que debo hacerlo como mis aburridos profesores o como mi padre, quien no conoce la risa tras una parodia de los Simpson y que tiene gran animadversión por todo lo que sean dibujitos de ojos grandes y cabellos estrambóticos. Yo quiero jugar toda mi vida y jugar con los hijos de mis hijos (o hijos de mis sobrinos, ¿digo no?).

La segunda idea en mi mente tras saber que debía (debo) hacer internado se resumía en “adiós al descanso”. Si pues, llegó la hora de decir adiós a la vagancia que me caracteriza, dejarse de mediocridades para ser excelente y sobrevivir al mundo moderno influenciado por las apariencias y a quien sólo le importa tu desempeño sin preocuparse de tu estado físico y emocional. A tu jefe no le importará si te dio lupus el día de entrega de informes. Si ese día no presentaste tus documentos estás muerto laboral y económicamente (también físicamente si es que no te tratan el lupus). Como interno de psicología tendré más autoridad que el pisapapeles pero menos que la cafetera por lo que soy susceptible a explotación, insultos, vejámenes y actos perversos sin que tenga derecho a queja alguna, además de que no me van a pagar (O_O).

Pues así es. Mi miedo ha alcanzado niveles que nunca antes había experimentado. Ni la transición que hice de primaria a secundaria, de una secundaria a otra ni la de secundaria a la misma universidad se comparan al miedo que siento ahora por tener que luchar prácticamente sólo para sobrevivir. Dirán ustedes: “Pero tienes a tu amigos, familia, etc.”. Esas son puras pendejadas. A pesar de que por un momento pasó la idea de dejar de ver a mis amigos como la tercera cosa que ocurrirá cuando haga internado caí en la cuenta de que sólo el más fuerte sobrevive al mundo competitivo. Si me dejo llevar por sentimentalismos y cariño hacia mis amigos es probable que termine cediendo un puesto en algún lugar, haga un comentario favorable para un amigo que quiera un trabajo desde el cual puede desplazarme. Quiero ahorrarme esas molestias. Así que desde ahora todos a quienes llamaba amigos pasan a ser rivales, rivales profesionales cuyas cabezas debo pisar para escalar más alto en la pirámide.

Por eso es que me negué a jugar al amigo secreto entre mis a posteriori colegas y tampoco pienso ir a su reunión de fin de año. Porque es como dice el buen Manolito, personaje alumbrado por el maestro Quino: “No es cuestión de herir susceptibilidades, sino de matarlas”.

En fin. La cosa es que no puedo retroceder ni escapar a otro sitio. Aunque podría escapar no lo haré pues, si es que hay algún punto fuerte en mí es que no huyo de los retos. Tengo miedo del cambio, de lo difícil que pueda llegar a ser, del tiempo que me faltará para dedicarme a jugar Sims3 o si podré llegar temprano a mi casa para ver House. Tengo miedo de los maltratos que puedo recibir y de las decepciones que me puedo llevar. Pero aun así no pienso huir y definitivamente no lo haré. Tengo miedo, sí; pero sería decepcionante para mí mismo huir de algo en lo que no sé si pueda tener éxito o no. Es como dije al iniciar esta entrada: No hay mayor decepción que decepcionarse a uno mismo.

¿Quién sabe? De repente y no pase nada de lo que he mencionado y termine feliz mi internado con tiempo suficiente para mí mismo acompañado de mis amigos y en la cima de la pirámide de realización personal de Maslow.

Porque es como siempre me dijeron y como siempre me dije: ¿Cómo sabes que no te va a gustar algo si ni siquiera lo has probado?

Quedan ya pocas horas para la navidad del 2010 y ya debo irme. A la navidad le quería dedicar unas palabras pero el tiempo voló y esta entrada resultó más larga de lo que creía.También quería hablar sobre el niño internopero lo dejaré para otra. Sin más otro particular me despido aclarando que de ahora en adelante, por lo menos lo que duren mis vacaciones, escribiré más a menudo; especialmente de las cosas que me ocurrieron durante los cuatro meses de ausencia en el blog porque en los cuatro meses que pasaron les puedo asegurar que me paso (casi) de todo. Ya les estaré actualizando pronto a las 3 únicas personas que leen las barrabasadas que escribo. Feliz Navidad a todos los que crean en ella y para los que no (inclúyome) que reciban un buen regalo. Para los que no van a recibir nada (inclúyome) pues que tengan una rica cena de medianoche. Para los que no van a cenar nada (inclúyome) pues… mmm… que la pasen lindo con sus familias y seres queridos.

Sé que es algo trillado y estúpido pero no se me ocurrió nada más.



Les dejo una imagencilla como regalo, aunque más que un regalo para ustedes lo es para mí n_n. Ahí les dejo con Satoru Endo de la serie deportiva Inazuma Eleven, una de las cosas buenas que descubrí estos 4 meses de ausencia. Llámenme pervertido si quieren.
 
El momento musical lo pone Coldplay y su single Christmas Lights (para quienes como yo ya se cansaron de los Toribianitos y tienen el burrito sabanero metido en el fundillo).
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario